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Operación

Uno de los momentos en los cuales me sentí más vulnerable es cuando entré a un quirófano. Estaba desnuda, bajo esa bata que tiene 2 piolines de cada lado, una especie de pantuflas en los pies, y una cofia que te tapa la cabeza. Nunca entendí, para qué te tapan los pies, si estas toda desnuda. ¿Será que es verdad lo que se dice, y que para mantener el calor corporal, lo más importante es tener los pies calentitos? Era una operación sencilla, o al menos eso decía el médico. La vesícula tenía piedras y había que sacarla. Cuando entre al quirófano, me recibió un chico muy lindo. Gordito, con cara de bueno, y simpatico. Me gustó. Que situación incomoda para que te guste alguien. Yo desnuda alli, mientras 2 personas me cambiaban de camilla, rogando que puedieran levantar mi cuerpo, y no caerme al suelo en el intento. No soy lo que se dice una pluma. - Hola, ¿Daniela? - Sí, ¿como sabias? – Yo intentaba hacerme la superada y la simpatica - Tenes cara de Daniela. Te pareces a una ex no...

Con ganas de hacer puchero

Me despierto y respiro profundo intentando que la angustia deje entrar aire a mis pulmones. Bajo los pies de la cama y, esquivando todas las cosas que están tiradas en el suelo, salgo de mi cuarto. Bajo las escaleras con el pijama puesto y en pantuflas. Ojala esté sola en casa. Prendo la estufa. Suri ronronea y se sienta tan cerca del fuego que se le queman los bigotes. Pongo a hervir en una olla grande con mucha sal gruesa; carne, perejil, laurel, apio, puerros y cebollas. Espero una hora, mientras tomo unos mates, y paseo por la casa. Luego agrego el repollo, las zanahorias, las papas, los choclos y el zapallo. Cuando las papas están tiernitas, listo el puchero y sin pelar la gallina. O me siento en un rincón de la casa, me acurruco, llevo mis piernas contra el pecho, bajo la mirada, frunzo el ceño, achico mis ojos y pongo la boca en “trompita”. Intento que las lágrimas no broten por mis ojos, porque eso, ya no es un puchero. Eso, es otra cosa.

Politicos Esdrújulos

En una reunión pública había: politólogos, comunicólogos, ginecólogos, cardiólogos, hematólogos, proctólogos, antropólogos, geólogos, arqueólogos, sociólogos, oftalmólogos y tantos ólogos... que no entrarían en un zoológico, ni en el índice telefónico. Eran imbéciles, raquíticos, políglotas, alcohólicos. Estúpidos, impúdicos, fantásticos, diabólicos. Dinámicos, anárquicos, utópicos, patéticos. El comunicólogo histérico y afónico Comunicó el decreto del político monárquico. El politólogo gritó: ¡Diabólico! El odontólogo: ¡Alcohólico! El senadólogo: ¡Apático! El proctólogo: ¡Caótico! El sociólogo: ¡Ilógico! El cardiólogo: ¡Arrítmico! El diputólogo; ¡Utópico! El arqueólogo: ¡Exótico! Y el oficiólogo gritó: ¡Fantástico! Se produjo un caos apocalíptico, comenzó un momento épico. Hasta que un grupo monopólico tuvo un pensamiento analítico, y repartió analgésicos, antibióticos, amnésicos y anestésicos. Los chinos tomaron amoníaco, y emprendieron un viaje ps...

De artesanías y gitanas.

El sábado y después de muchos intentos fallidos, fui a la plaza de mi barrio, donde sabía que había una feria a tirar un paño con unos monederitos y carteras que hago tejidos al crochet. Nunca pensé que iba a poder hacerlo. Pero tampoco nunca me lo propuse, nunca tuve la necesidad. Siempre me dedique a trabajos donde lo más importante era pensar, o hacer trabajos automáticos detrás de una computadora.. Llegué a la plaza y me di cuenta que la feria no se hacia ese día, sino los domingos. No había mucha gente, era temprano. Estuve a punto de desandar mis pasos, y volver por donde había venido, prometiéndome que al otro día volvería, pero me dije NO. Eso que dejo de hacer luego de prometerme una y otra vez que esta vez sí lo haría, es como un collar de garrafas que me pesan sobre el cuello. “Me siento, armo el mate, y tiro en frente mío el paño… si alguien compra algo mejor…. Sino dedico el día a disfrutar del sol en la plaza, mientras mi cabeza divaga en alguna idea, en alguna ...

Viaje al Sur

Nunca había ido a Quilmes, ni me había tomado el tren Roca. La estación de Constitución era un hervidero de personas, que no se miraban, y se veían con desconfianza. Caminaban rápido pero con pasos cortos y seguros, esquivando a las personas que venían en sentido contrario. Eran esos días de alerta naranja, dos niños de unos 10 años dormían desparramados en el suelo debajo de uno de los enormes ventiladores que hay en la estación. Se habían sacado la remera y las usaban como falsas almohadas. Una mujer dijo por arriba del hombro “¡Por Dios!, ¿Donde están los padres de esos chicos?” Yo pensé aunque no dije nada ¿Tendrán padres? Y si es que los tienen, ¿tendrán plata para darles de comer? ¿Irán al colegio? O simplemente su vida se repartirá entre dormir en un lugar fresco o calentito, y rebuscárselas para comer algo cada tanto. Tenía que tomarme el tren del andén 10, que ya había llegado. ¿Para donde irán el resto de los trenes que estaban en la estación? Caminé hasta enco...

Una piedra al borde del mar

Cuando sólo tenía 4 años me encerraba en un armario a comer del latón de Nesquick a cucharadas. No me prohibían que lo comiera sentada en la mesa y a la vista de todo aquel que quisiera posar los ojos sobre una niña, que comía como si fuera la última vez, ese chocolate que se hacía un pasta en la boca hasta lograr asquear. Me encantaba hacerlo a escondidas, acurrucada y con la boca casi dentro de la lata y donde solo dejaba espacio para que entre la cuchara. Me gustaba satisfacer mis deseos a escondidas. No me gustaba que nadie me mirara mientras hacía algo con el mayor de los placeres. No me gustaba compartirlo con nadie, ni con mi gato, que insistía con sus uñas para que abriera la puerta y lo dejara entrar. Hay costumbres que nunca se dejan. Uno acude a ellos como si fueran “instrucciones para la vida” cada vez que debe dar un paso. Ya no como Nesquick a cucharadas….ya no entraría en aquel armario que viejo y descolorido todavía esta en la cocina de la casa de mis abuelos. Per...

Amaneciendo

Abrí un ojo sin saber que hora era. Un haz de luz se zambullía en el cuarto a través de las persianas. La gata insistía con su patita sobre mi cabeza y con su ronroneo incesante para que me despertara. Miré el reloj y supe que ese día me podía dar el permitido de estar un rato más bajo las colchas, aunque a mi gata la idea no la convenciera. Sentí la necesidad de hacer un lista mental de todas las cosas que ese día debía decidir, hacia donde ir, qué hacer; cerré los ojos, acomodé la cabeza sobre la almohada, traté de quitarle las arrugas con mis pies a las sábanas; y me quedé pensando en que nada grave puede suceder mientras uno duerme.