Una piedra al borde del mar

Cuando sólo tenía 4 años me encerraba en un armario a comer del latón de Nesquick a cucharadas. No me prohibían que lo comiera sentada en la mesa y a la vista de todo aquel que quisiera posar los ojos sobre una niña, que comía como si fuera la última vez, ese chocolate que se hacía un pasta en la boca hasta lograr asquear. Me encantaba hacerlo a escondidas, acurrucada y con la boca casi dentro de la lata y donde solo dejaba espacio para que entre la cuchara. Me gustaba satisfacer mis deseos a escondidas. No me gustaba que nadie me mirara mientras hacía algo con el mayor de los placeres. No me gustaba compartirlo con nadie, ni con mi gato, que insistía con sus uñas para que abriera la puerta y lo dejara entrar.
Hay costumbres que nunca se dejan. Uno acude a ellos como si fueran “instrucciones para la vida” cada vez que debe dar un paso. Ya no como Nesquick a cucharadas….ya no entraría en aquel armario que viejo y descolorido todavía esta en la cocina de la casa de mis abuelos. Pero la costumbre de satisfacer placeres a escondidas, quedó intacta. No me gusta que nadie vea mi disfrute, nadie se inmiscuya en mis placeres. No sólo los carnales, todo tipo de placeres. Cuando presiento que alguien esta mirando mi cara de disfrute la escondo tras alguna careta que con los años he aprendido a perfeccionar.
Puedo mostrar fácilmente mis argumentos intelectuales en una discusión, que para mi, siempre son una guerra donde sino salgo victoriosa al menos no pierdo la batalla. No estoy segura de lo que pienso, pero mis palabras mis gestos, mi entonación podría convencer a cualquier infeliz que la gomina y el gel no son lo mismo. He aprendido a defender mis argumentos intelectuales como los gatos defienden su comida, hasta se me eriza la piel y se me ponen los pelos de punta, como lista para una ataque. No me gusta equivocarme y puedo defender mi posición ante situaciones muy osadas. Pero si de mis deseos se habla… los congelo, no los muestro, creo una coraza difícil de franquear y de llegar. Soy como una piedra al borde del mar que el agua moja pero no traspasa.

* Hoy quiero que el agua traspase la piedra, que de a poco, se fue agrietando

Comentarios

  1. Me encantó, Dani. Sobre todo lo del asterisco final. ¿Cómo andan los calores tucumanos? Los de aquí se parecen cada vez más a los de allá. Besos.

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  2. Gracias Lore! Ya estoy nuevamente en los calores de Buenos Aires.... juro que están peores los de aca.
    Besos.

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