Amaneciendo

Abrí un ojo sin saber que hora era. Un haz de luz se zambullía en el cuarto a través de las persianas. La gata insistía con su patita sobre mi cabeza y con su ronroneo incesante para que me despertara. Miré el reloj y supe que ese día me podía dar el permitido de estar un rato más bajo las colchas, aunque a mi gata la idea no la convenciera. Sentí la necesidad de hacer un lista mental de todas las cosas que ese día debía decidir, hacia donde ir, qué hacer; cerré los ojos, acomodé la cabeza sobre la almohada, traté de quitarle las arrugas con mis pies a las sábanas; y me quedé pensando en que nada grave puede suceder mientras uno duerme.

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