viernes, 24 de octubre de 2014

Ella fue mi primera amiga, yo tenia 4 años, ella 5. Cuando mis viejos se seperaron yo viví 3 años en lo de mi abuela, su casa quedaba enfrente. Tenía el pelo bien cortito, porque no se dejaba peinar decía su madre. Usaba polleras largas, muchas pulseras de plástico, tenía la cara redondita y llena de pecas. Tenía mucha fuerza, podía pelearse a trompadas con un varón y dejarlo llorando. No se achicaba ante nadie. 
Me trataba como a una hija, a la que ella debía cuidar y proteger. Hacíamos lo que ella quería sino se enojaba y no jugábamos más.
Nos divertíamos en el baldío que estaba al final de nuestra cuadra. Andábamos entre la basura y los pastos altos, aunque lo teníamos prohibido. Juntábamos los zapatos viejos de señora , e intentábamos caminar sobre ellos. Arreglábamos los juguetes rotos y nos probábamos la ropa que tiraban.
Por las tardes, buscábamos ramitas huecas, las encendíamos, aspirábamos el humo, y luego tosíamos. Ella era experta en encontrar algunos que tenían un gusto más mentolado.
Ella aprendió andar en bici y yo nunca logre mantener el equilibrio. Empezó a llevarme a pasear en la parte de atrás. Poníamos un almohandoncito, para que no me doliera el culo y dábamos la vuelta a la manzana. Cada tanto nos caímos, ella se enojaba y me echaba la culpa. Yo solo lloraba y volvía rengueando.
Una tarde mi abuela se fue al centro de jubilados. Nosotras quisimos entrar a mi casa, hacernos la merienda y mirar la tele. Había unas llaves escondidas en el techito de la entrada, pero no llegábamos a agarrarla. Pusimos una maceta de material debajo para poder treparnos, pero la rompimos y dejamos de intentarlo.
Teníamos hambre y descubrimos que las moras del jardín ya habían madurado. Comimos con desesperación todas las que encontramos. Cuando llego mi abuela, nos encontró con las manos sucias, la ropa manchada , la maceta rota pero nosotras negábamos todo.
Cuando nos portábamos mal no podíamos salir a la calle a jugar juntas. Era el peor castigo. Aunque nos peleáramos, aunque yo siempre terminara llorando, aunque nunca hiciéramos lo que yo quería, solo bastaba que ella me diera un abrazo para saber que todo iba a estar bien.
Hoy 29 años después, quisiera poder darle ese mismo abrazo, pero ya es tarde y la extraño tanto.

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