Mi cumpleaños de cinco


Después que mis papás se separaron nos vinimos  a vivir con mi mamá y mi hermano  a lo de mis abuelos. Una hermosa casa llena de sol, con una gran galería, y un limonero en la entrada. Tenemos un gato, Minino, así lo bautizamos  cuando mamá lo trajo esa mañana cuando volvía de trabajar de la guardia..

 Minino tiene un enemigo, Lobo, el perro del barrio. Todos le damos de comer y el a cambio deja que los chicos nos subamos  arriba de él.  Es un perro caballo.  Lobo es buenísimo con nosotros, pero no deja un gato vivo. Excepto a Minino que yo creo que no lo mata porque es nuestro. Minino lo goza y le rasguña el hocico con sus garras a través de una rejita. Lobo podría saltarla, que hasta nosotros la cruzamos por arriba, pero no lo hace.

Yo era muy feliz los domingos en la casa de mis abuelos, que ahora era también mi casa. Mi mamá era el único día que no tenía que ir a trabajar a la clínica. Desayunábamos por horas en la mesa todos sentados… Hasta que el desayuno se transformaba en el almuerzo. Yo tomaba mate cocido con leche y el abuelo le ponía al pan casero un poquito de manteca y encima le tiraba una lluvia finita de azúcar. Mi abuelo era el ser más bueno del planeta, aunque mi mamá no pensara eso.

Se ponía en cuatro patas en el piso,  como Lobo,  y nos llevaba a pasear por la casa. Mirábamos tele los dos sentados en el sillón, yo me recostaba sobre su falso almohadón que se movia cada vez que respiraba. Cuando nos portábamos mal y mi abuela nos retaba y nos metía debajo de la ducha de agua fría, era él que venía a sacarnos, nos cambiaba y nos ponía ropa seca.

Ese domingo no fue igual que otros domingos. Faltaba una semana para mi cumpleaños de cinco.  Estábamos todos sentados en la mesa tomando mate de leche con miel. Ese día el pan con chicharrón de la abuela estaba más rico que otros días. Minino dormía al sol en la galería, Lobo esperaba detrás de la reja para que le diéramos algo de comer. Estábamos escuchando en el tocadiscos a Alberto Cortez.   Mi abuelo se quejaba cada vez que mi mamá ponía esa música, pero esta vez no dijo nada. Yo estaba con mamá pensando que teníamos que comprar para el cumple, cuantos eramos, a quien debía invitar.  Peleándonos como siempre por cómo me iba a vestir… No pienso usar vestido. Yo quiero ponerme pantalones. No quiero andar con cuidado por si se me ve la bombacha . El abuelo no saltó a defenderme,  estaba más callado que otros días.  En un momento, se levanta y dice me voy a pegar una ducha.

Mientras Alberto Cortéz cantaba  Y construyó, castillos en aire, a pleno sol, con nubes de algodón y yo seguia discutiendo con mi mamá,  que no pensaba ponerme ningún vestido, escuchamos un ruido fuerte que venia  del baño.   Por un segundo todos nos miramos sin entender bien que pasaba. Minino se escondió detrás de mis pies. La primera en llegar a la puerta del baño fue mi abuela, que se quedó paralizada mirando hacia adentro. A mi mamá se le puso la cara como un papel.  A ella,  que su apodo es Negra.  Entraron  al baño y no sé cómo,  sacaron el cuerpo pesado de mi abuelo del baño.

Mi abuelo era gordo, o de “huesos grandes” como dice mi abuela.  Casi arrastrándolo, lo pusieron en el piso del living.  Chorreaba agua. Mi  mamá se arrodillo, y comenzó con las dos manos y todo el peso de su cuerpo a apretarle  el pecho. Contaba hasta diez, y le llenaba  de  aire la boca.  El abuelo no se despertaba. Mi abuela empezó a llorar y Lobo aulló detrás de la reja. 
 

La abuela nos agarró de la mano a mi hermano y a mí que no dejábamos de mirar calladitos al abuelo,  y nos encerró en el cuarto. No salgan hasta que yo les diga. No sé cuánto tiempo pasamos allí. Mi hermano se sentó en la cama con la mirada fija en la pared.  Yo apoyé el oído en la puerta a ver que escuchaba. Papá no te mueras. Lo siguiente que pude distinguir es la sirena de la ambulancia.  

Ahí abrió la puerta mi abuela para decirme que me iba a ir a lo de la vecina Miriam.  Mi hermano se fue  a la casa de enfrente. No sé por qué no nos llevaron juntos al mismo lugar.  Quizás era porque yo no paraba de hablar y a veces eso le hacía doler la cabeza a Lina.  Lo que no sabían es que yo no podía decir nada, como si de verdad me hubieran comido la lengua los ratones.

Pasamos al lado del abuelo que lo estaban subiendo en una camilla. El cuerpo del abuelo sobresalía de los dos lados, se le caían los brazos al suelo. Sus ojos estaban abiertos, pero no miraba a ninguna parte. Todavía chorreaba agua.

 Mientras subían al abuelo a la ambulancia, Miriam me agarró con cariño de la mano y me llevó a su casa.  Me dio un papel con crayones. Intenté dibujar, pero todo lo que hacía era horrible.  

 –Tu abuelo va a estar bien —dijo ella mientras me acariciaba los rulos

 —No me mientas. Mi abuelo se murió —Fueron mis primeras palabras.

No volvió a decirme nada. Yo seguí dibujando y tachando todo.
A la tarde volvió mi mamá a buscarme. Nos quedamos callados hasta que llegó la noche y la abuela volvió a casa. Nos fuimos a dormir casi sin comer.
Esta semana fue la más triste de toda mi vida. A mi papá no lo veía,  ahora se moría el abuelo. Todo era culpa mía. Yo que no paraba de pelearme con todos, y que no hacía caso. Minino venía a buscarme para jugar, pero yo no tenía ganas y lo echaba.  Lobo nos miraba desde el otro lado de la reja, nadie salía a darle de comer. La abuela se levantaba tarde y el pan nunca le salió tan horrible.

Hoy es domingo, esta nublado, llovizna y es mi cumpleaños de cinco. Mi abuela se fue al cementerio. Mi hermano seguramente ya está con Leo, nuestro amigo de enfrente. Lobo también debía estar en la misma casa,  lo dejan entrar cuando llueve. Mi mamá está sentada con el camisón puesto   mirando el televisor que siguen  hablando del mundial y de Maradona.  En mi casa a la mañana  prendían la radio. Estaba prohibido prender la tele antes del mediodía, pero no dije nada. Creo que se olvidaron de mí. Quizás dejé de existir, como el abuelo.  El único que  me sigue por la casa maullándome  para que le de comida es Minino.  

A la tarde vino Lina, mi vecina de enfrente,  a  invitarnos a su casa.  Era la primera persona que me hablaba en todo el día. Crucé  a la casa de ella con mi mamá. Qué raro, a mi mamá nunca la invitaban a la casa de mis vecinos. ¡Feliz cumpleaños! gritaron todos mis amigos de la cuadra cuando me vieron.  Había una torta y sanguchitos de miga arriba de la mesa.  Menos mal, mis amigos no se habían olvidado de mí. Vi lagrimear a  mamá.  Parece que un poco lo extrañaba  al abuelo

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