miércoles, 10 de febrero de 2010

Viaje al Sur

Nunca había ido a Quilmes, ni me había tomado el tren Roca. La estación de Constitución era un hervidero de personas, que no se miraban, y se veían con desconfianza. Caminaban rápido pero con pasos cortos y seguros, esquivando a las personas que venían en sentido contrario.
Eran esos días de alerta naranja, dos niños de unos 10 años dormían desparramados en el suelo debajo de uno de los enormes ventiladores que hay en la estación. Se habían sacado la remera y las usaban como falsas almohadas. Una mujer dijo por arriba del hombro “¡Por Dios!, ¿Donde están los padres de esos chicos?” Yo pensé aunque no dije nada ¿Tendrán padres? Y si es que los tienen, ¿tendrán plata para darles de comer? ¿Irán al colegio? O simplemente su vida se repartirá entre dormir en un lugar fresco o calentito, y rebuscárselas para comer algo cada tanto.
Tenía que tomarme el tren del andén 10, que ya había llegado. ¿Para donde irán el resto de los trenes que estaban en la estación? Caminé hasta encontrar un vagón más vacío. Mucha gente se había subido al primero y allí se había quedado.
Finalmente subí en el cuarto vagón y me senté en frente de una pareja, que debían ser paraguayos por su tonada. Ellos iban charlando, se miraban con cariño, y se rozaban con las manos. Yo siempre fui una “mal-aprendida”, y para mi no hay mejor “pasatiempo” que charlar con extraños, así que les pregunté si ese era el tren que nos llevaba a Quilmes, y cuantas estaciones nos separaban de mi destino. Fui sincera, no tenía ni la menor idea donde iba. Ella me miró y sonrió con los ojos.
Él un poco irónicamente me preguntó:
- ¿De donde eres?
- Vivo en Capital , en el barrio de Flores.
- Ah, ¿y que haces por el Sur? – Me miraba un poco con desconfianza….
Pensé que la verdad era un poco absurda, y que quizás no me creyera, pero no tuve la rapidez mental de buscar otra excusa.
- Tengo una entrevista de trabajo.
- ¿En serio? Yo viajo todos los días a Capital y vos vas ir al revés?
- Necesito trabajar, y si eso significa viajar todos los días a Quilmes….- Lo que no dije, porque creí que no le iba a importar, es que yo siempre iba un poco en contra de la corriente, y que estaba empezando a gustarme.
Creo que no me creyó. A ella nuestra charla dejó de interesarle. Nos interrumpió para empezar a nombrar una por una todas las estaciones, mientras agregaba en su mano un dedo más que apuntaba al cielo, que nos separaban de la estación de Quilmes.
- Seis. – y se puso los auriculares del Mp3 que llevaba en sus manos.
- Igual nosotros nos bajamos una estación después que vos. - dijo él
- Gracias.
Yo gire mi cuerpo y dejé de mirarlos. Debía concentrarme en contar las estaciones, y no comenzar a divagar con la primera imagen o idea que se me cruzara.
Ellos se acomodaron en sus asientos, ella apoyó su cabeza en el hombro de él, y cerró los ojos. El comenzó a mirar por la ventanilla, hasta que el sueño lo venció y empezó a cabecear al compás del tren.
Mientras iba pensando en la entrevista, y rogaba con los dedos cruzados que sea la última y la definitiva, pasamos la segunda estación.
Alli subió una chica muy linda, llamativa. Los hombres del vagón creo que pensaron lo mismo. Inclinaba su cuerpo para el lado contrario en el que llevaba un gran bolso deportivo, se movía con soltura, y esquivaba las miradas. A pesar que su cuerpo decía que era una mujer, su cara de nena decía otra cosa. Llevaba colgado en su cuello, y entre sus tetas una gran cruz de madera. Se sentó al lado mío, y empezó a escuchar en su celular, al igual que todos los pasajeros del vagón, los hits del regatón. La parejita se despertó, pero ni siquiera la miraron.
Mientras oíamos “si tu supieras que me pasa cada vez que te veo, quisiera confesarte lo que siento y no me atrevo” y, ella tarareaba sin voz la canción , entró un señor que ofrecía por la “módica suma de dos pesos” unos bichos chiquitos de plásticos que al estar en contacto con el agua se agrandan. “Los ponen en el agua, y después de una semana los monstruos estarán así” .Casi el triple de tamaño. La gente lo ignoraba y el vendedor pasaba por al lado de los pasajeros y decía “Gracias señora ¿alguien más quiere uno?” Sólo una viejita compró 2, y el señor volvió a repetir el procedimiento que debe seguir por el cual el bicho se transformaba en una cosa amorfa que flota en el agua.
El vagón se llenó de una nueva musicalidad, entre el ruido del tren en marcha, los hitazzos de regatón, se sumaron los mejores lentos de los 90. Mi acompañante dejo el mando de la musicalización al hombre que vendía los Cds, y apagó su celular.
El nuevo DJ cambiaba cada 10 segundos de una canción a otra. El se acercó a un nene con una camiseta de boca y le dijo: “Ustedes si que tuvieron suerte, ganaron por la lluvia”. Él nene sonrió, y el hombre antes de bajarse del tren en movimiento le palmeó el hombro. La madre se lo quedó mirando, no entendió el código que el hombre y el niño compartían. .
“¡Esta es Quilmes! Bajate”. No alcancé a reponerme del susto que me había generado el grito, que ya estaba en el andén. Había llegado a Quilmes y todavía me restaba encontrar el lugar en donde se definiría si empezaba a encontrar trabajo, o debía seguir buscando.