miércoles, 9 de junio de 2010

Con ganas de hacer puchero

Me despierto y respiro profundo intentando que la angustia deje entrar aire a mis pulmones. Bajo los pies de la cama y, esquivando todas las cosas que están tiradas en el suelo, salgo de mi cuarto. Bajo las escaleras con el pijama puesto y en pantuflas. Ojala esté sola en casa. Prendo la estufa. Suri ronronea y se sienta tan cerca del fuego que se le queman los bigotes.
Pongo a hervir en una olla grande con mucha sal gruesa; carne, perejil, laurel, apio, puerros y cebollas. Espero una hora, mientras tomo unos mates, y paseo por la casa. Luego agrego el repollo, las zanahorias, las papas, los choclos y el zapallo. Cuando las papas están tiernitas, listo el puchero y sin pelar la gallina.
O me siento en un rincón de la casa, me acurruco, llevo mis piernas contra el pecho, bajo la mirada, frunzo el ceño, achico mis ojos y pongo la boca en “trompita”. Intento que las lágrimas no broten por mis ojos, porque eso, ya no es un puchero. Eso, es otra cosa.