Una piedra al borde del mar
Cuando sólo tenía 4 años me encerraba en un armario a comer del latón de Nesquick a cucharadas. No me prohibían que lo comiera sentada en la mesa y a la vista de todo aquel que quisiera posar los ojos sobre una niña, que comía como si fuera la última vez, ese chocolate que se hacía un pasta en la boca hasta lograr asquear. Me encantaba hacerlo a escondidas, acurrucada y con la boca casi dentro de la lata y donde solo dejaba espacio para que entre la cuchara. Me gustaba satisfacer mis deseos a escondidas. No me gustaba que nadie me mirara mientras hacía algo con el mayor de los placeres. No me gustaba compartirlo con nadie, ni con mi gato, que insistía con sus uñas para que abriera la puerta y lo dejara entrar. Hay costumbres que nunca se dejan. Uno acude a ellos como si fueran “instrucciones para la vida” cada vez que debe dar un paso. Ya no como Nesquick a cucharadas….ya no entraría en aquel armario que viejo y descolorido todavía esta en la cocina de la casa de mis abuelos. Per...